Visions of Frank es una recopilación de animaciones inspiradas en la obra de Jim Woodring. Su trabajo es de un surrealismo bastante exagerado, en el cual la palabra lisérgico es plenamente aplicable. Supuestamente, Woodring tenía ataques alucinatorios cuando era pequeño, y ya adulto, aún tiene la capacidad de hacerlo a voluntad. Esto puede verse reflejado en la creación de un mundo onírico en donde nada es inmutable, sino que formas y colores se trastocan entre sí siguiendo las reglas del mundo de los sueños.
Sin embargo, la traslación de la obra impresa a la imagen en movimiento se presenta con complicaciones. Apenas uno de los cortos logra aportar algo más que virtuosismo técnico. Cada sketch está realizado con una técnica distinta, y como tal, como despliegue de pericia, es una delicia de ver. Es a la hora de hacer algo más o menos coherente con el lenguaje audiovisual que se pierde el norte, porque ninguno logra más que recrear las viñetas a su estilo. Sólo el séptimo sketch sabe explorar el tema a través de un lenguaje distinto al original, aportando ritmos y tiempos que hacen la narración más satisfactoria. Los demás se desvanecen en piruetas animadas, y jamás logran ser mejores que la experiencia de leer en papel.
Aún así, es interesante de ver, porque se tiene acceso así a una galería de estilos bastante atractiva. Pero como experiencia audiovisual, deja un cierto sinsabor.
Es bien sabido el efecto cómico que puede producir la exageración, así sea del suceso más dramático. Esa es después de todo la base del slapstick gore: si una escena de tortura se amplifica, el espectador acabará por recibirla con risas, por más sangrienta que sea. En Shoot'em Up se ha usado ese mismo planteamiento para demoler el cine de acción. No estamos ante una película cualquiera, sino ante un producto típicamente actual: desprecio por el contenido en pos de la forma, reinvención de un género a partir de sus características más convencionales, uso desaforado de la tecnología... Sin embargo, a pesar de compartir ciertos puntos de distanciamiento irónico con una película como KissKiss Bang Bang, de Shane Black, le falta el principal para lograr el mismo efecto de esta: la inteligencia.
Y es que Shoot'em Up nace como el epítome de la película de acción, y por tanto su defecto más patente es el que se le ha endilgado (no sin razón, pero no siempre acertadamente) a muchas de las películas de este género, y es poner las balas por encima de la historia. Tal y como está planteada la película, podría no sólo habérsele perdonado, porque tal exceso es hasta encomiable. El problema es que a pesar de la violencia hiperbólica, Shoot'em Up es una película inofensiva, que sólo escandalizará a quienes se dejen llevar por la violencia de caricatura y se la tomen al pie de la letra. Sí, aquí mueren cientos de rufianes (de uno en uno, no fumigados con ametralladoras), de todas las maneras imaginables. Hasta con zanahorias clavadas en la cabeza y no una, sino dos veces. Pero de la manera en que está filmada, es imposible tomárselo en serio, y quizá ese sería un problema ético, pero eso es madera para otro artículo.
Sin embargo más allá de un espectáculo cool, el film no plantea nada revolucionario. Se limita a impactar con coreografías y secuencias de riesgo, y no es capaz de levantar vuelo, ni en lo más mínimo, con una historia insulsa que no es sino excusa para vaciar cargadores. No había que pedirle mucho, pero sí un poquito más que un hilo, literalmente así de delgado, que condujera la historia.
Para quienes quieran pasar una tarde con nachos y cerveza, Shoot'em Up puede satisfacer las ansias de violencia y testosterona. Para quienes quieran un poquito más... bueno, tampoco hay que pedirle peras al olmo. Es lo que es y ya.
No deja de sorprenderme cómo el arte puede encontrarse en los sitios más recónditos del cine. Por ejemplo, una película como Carnival of Souls no puede ser clasificada simplemente como una película de serie B. Lo es, y a mucha honra, pero es más que eso. Sus aspiraciones parecen ir encaminadas hacia más que el entretenimiento, llevándonos a un deleite estético al crear un ambiente perturbador, fiel reflejo del estado onírico. No por nada es una película de culto entre directores de culto, y no hablo de directores medio casposos, sino de grandes como Lynch.
No es casualidad que haya citado Carnival of Souls para hablar de Dementia/Daughter of Horror, porque es lo más cercano en aspiraciones y resultados que he visto. Es más, hasta podría superar a Carnival of Souls en ambiciones, al convertirse en la encarnación artística de una visión psicoanalítica (afortunadamente el director sabe que esto es una película, no un tratado). Hay que aclarar, primero que todo, por qué la película tiene dos nombres. El primero, Dementia, es el original con el que la película salió al mercado. Sin embargo, al encontrarse con una pobre recepción y un enfrentamiento de la censura, se le cortaron algunos minutos, se le añadió una narración y se le cambió el nombre por el más exploitationDaughter of Horror. Y como detalle curioso, hay que decir que la película es la que se está proyectando en el cine que Steve McQueen acaba salvando de una baba rosada comegente en The Blob.
Vamos al quid del asunto. Dementia es un extraño experimento narrativo en forma de película de serie B. Las características del cine de bajo presupuesto están ahí presentes: decorados baratos, actuaciones un poco desencajadas por momentos, un halo de poco dinero... Pero esto no hace sino aumentar el impacto que puede tener en el público que la ve. Porque uno esperaría una película de terror, o al menos de suspenso, pero se encuentra con... bueno, sí, una película de arte y ensayo. Empecemos por decir que, aparte de la narración en la versión cortada, la película no contiene una sola linea de diálogo. Su cortita hora de metraje es contada a partir de imágenes y montaje (un verdadero logro dar toda la información sin usar las palabras). El hecho de haber sido contada sin diálogos (recordemos que Carnival of Souls hacía lo mismo en las secuencias de alucinaciones de la protagonista) aumenta esa sensación de estar metidos en un sueño, en donde todo se nos cuenta a través de símbolos. La narración añadida a la segunda versión estorba por momentos, sin embargo no alcanza a arruinar del todo lo que se quiere comunicar. Lo que nos cuenta Dementia es un sueño, o quizá, el descenso a los infiernos de una persona demente. Porque el ambiente en el que se nos sumerge va más allá de la mera recreación onírica, y se convierte en una pesadilla. Una pesadilla que la protagonista no experimenta, sino que vive, sin la certeza de diferenciar si ocurrió o no, con las fronteras de la razón borradas por una enfermedad nunca mencionada. Y es por esto que la película se hace más aterradora, porque es un terror real, alejado de cualquier némesis que haya que derrotar, por el simple hecho de que el enemigo está dentro de uno mismo: es su propia mente.
La película podrá exudar una leve cutrez por momentos, pero lo cierto es que está muy bien hecha, sabiendo que nos encontramos en los parámetros de la serie B más pura. Es por ello que sorprende que el director haya aspirado a más que a mostrar monstruos o escándalos, y haya optado por un enfoque mucho más artístico. Es una lástima que, al igual que Herk Harvey, el director de Carnival of Souls, no podamos contar con más películas para apreciar lo que hubiera podido ser un director más que interesante. Supongo que es el precio que se paga por la inmortalidad.
Sé que no es lógico, pero a veces me cuesta imaginar que los grandes directores que admiro actualmente, no siempre supieron cómo hacer las cosas que hacen hoy día, que también ellos metieron la pata, o contaron historias apenas regulares. Guillermo del Toro pasa ante nuestros ojos como el director de Hellboy o El Laberinto del Fauno, pero no sólo comenzó de manera más modesta con Cronos, sino que sus cortos eran todavía más lejanos a lo que vemos en la actualidad.
Doña Lupe es una historia sobre una viuda mexicana que alquila una habitación a dos policías corruptos para esconder droga a espaldas de ella. Claro, la viejita es un estorbo, pero con lo que no cuentan es con que vendrá ayuda del más allá en su salvación. La historia en sí no es gran cosa, aunque se presta para un divertimento. Lo que llama la atención aquí es que un director capaz de crear imágenes tan bellas, aquí se revele como alguien con poco sentido de la composición y del ritmo. Y es que claro, nadie nace aprendido, y se nota que también él tuvo que recorrer un camino. Doña Lupe es apenas una curiosidad. Si su director hubiera sido otro, tal vez no estaríamos hablando de ella. Casi casi como Geometría, otro corto de su autoría, aunque este sí con mayores méritos que revelan detrás a alguien con intenciones claras en el género.
Geometría es la historia de un estudiante que no quiere perder más exámenes de esta materia, y acude a la magia para ello. Pero como siempre, las cosas salen mal. Aquí podemos ver una influencia clara de Creepshow, la película de George Romero, tanto por el tono jocoso de los comics de la Warren, como por esa iluminación colorida que tanto nos gustó del clásico de antologías. De nuevo, nada para echar fuegos artificiales, pero sí una historia entretenida y bien contada, con un final gracioso y bastante negro.
Por otro lado, tenemos un corto como Judgement, de Park Chan Wook, quien se revela como alguien más preparado. Ojo, no digo que con más talento. La carrera de este último quizá le permitió hacer las cosas de otra manera, porque los cortos de Del Toro son, a todas luces, las obras de un amante del cine de género, que toma una cámara por pasión, mientras que Chan Wook pareciera haber tenido para entonces un bagaje proveniente, tal vez, de la publicidad. Los dos son actualmente grandes directores, que tienen toda mi admiración, aunque mi cariño se decante hacia del Toro, por pura empatía de géneros.
Sin embargo, a Chan Wook aún se le nota aquí lejos de la pirotecnia visual que lo caracteriza. La historia de un cadáver reclamado por dos familias distintas que dicen que es su hija, desata una discusión que, por supuesto, sabiendo cómo es su director, no acabará en final feliz. Judgement es un corto sombrío, trágico e intenso, pero a la vez de un ritmo parsimonioso, dinamitado por un clímax inesperado, que nos pone a pensar en la situación casi en carne propia. Y es que quizá sea esa la característica principal de su autor a lo largo de su carrera: hacernos sentir en la piel de los protagonistas.
Como Carveriano muy siniestro, podrían definirse las intenciones de esta colección francesa de cortos animados. Y es que el título es de lo más apropiado, porque en efecto nos encontramos ante una sucesión de historias mínimas, de sucesos que no carecen de drama en el sentido estricto de la palabra, pero que son tan nimios a veces que nos toca sonreír frente a lo que ocurre ante un evento que podría ser resuelto con cabeza fría. Pero resulta que como somos humanos, tenemos que armar grandes dramas ante situaciones casi ridículas, y nuestras mentes son las encargadas de crear esas obras de teatro alrededor de algo insignificante. Eso: Tragedias, porque no dejan de ser situaciones que nos atormentan con su peso; y Minúsculas, porque en realidad son nada frente a los problemas que podríamos llamar "reales".
En diez segmentos de tres minutos, los directores hacen desfilar ante nosotros personajes metidos en problemas por su propia mente, retorcida, pero no más allá de lo normal. Celos, hipocresía, peleas, secretos, pensamientos... Todo eso que no decimos por miedo, o que a veces nos aterra haber pensado, eso que nuestra mente ha traído a colación sin saber cómo, y nos hace sentir perversos. Eso son estos cortos, incómodos, oscuros, hasta deprimentes, porque nos confrontan con esa clase de cosas que salen de algún rincón ignoto de nuestra cabeza.
La animación es muy especial, recordándole a uno a veces una especie de cubismo incompleto, o de expresionismo alemán menos gótico. Y tiene sentido, porque si éste último trataba de expresar el estado psicológico de sus protagonistas a través del escenario y la arquitectura, estos personajes y sus lados retorcidos no podrían sino haberse mostrado con esas formas geométricas. Y si lo contrastamos con una paleta de colores absolutamente bella, estamos ante una nueva contradicción: la normalidad convertida en pesadilla, siendo aún más asustadora por no parecer un mal sueño, sino algo perfectamente lógico. Añadámosle una elección de música inquietante y perturbadora sin sonar a obvia, y el resultado es una pieza de orfebrería que toca teclas incómodas y fascinantes.
La premisa parecía prometer: si uno sufre tratando de sobrevivir una noche contra un vampiro, ¿qué tal una noche que dura 30 días contra un puñado de vampiros? Pero no, la película se va al traste y uno no siente esos 30 días de noche.
Sí, comenzamos de una. No hay mucho qué decir de la peli sino que frustra lo que prometía. Da igual que sea una o 30 noches, no sentimos tensión, y miren que daba para ello. El guión se limita a encadenar sucesos que no dan cuenta de ese paso del tiempo, a explorar caminos que luego no persigue (por ejemplo, el usar la lámpara UV contra los vampiros es una idea genial... pero a los protagonistas se les olvida después de intentarlo y tener éxito). Lo más destacable es la creatividad de las muertes y la sanguinolencia. Agradezcamos que este no es otro producto para adolescentes, sino pensado para gente un poco más crecidita. No se escatima en violencia con cada muerte, y hay decapitaciones y empalamientos a granel. Pero ya. El pueblo parece iluminado permanentemente por una luna llena, los vampiros no hacen sino gritar como retrasados mentales al borde del delirio, el suspenso es inexistente... En definitiva, parece que no se lo pensaron mucho.
Eso sí, vale la pena destacar que no estamos ante una visión romántica del vampiro. Estos son seres extraños que matan sin compasión, ensuciándose, no solo las manos, sino todo el cuerpo, y no son precisamente bonitos, sino deformes criaturas perversas. Vale la pena emparentarlo con los vampiros de Near Dark, la película de Kathryn Bigelow, en el sentido de que estos vampiros son cazadores y no "criaturas de la noche". Ahora, hasta ahí llegan las semejanzas, porque la película de la exesposa de James Cameron es infinitamente superior.
En fin, no hay mucho qué decir. 30 Days of Night entretiene, pero hay que dejar el cerebro a la entrada y no pedirlo a la salida. Si se hace, uno caerá en cuenta de que le han tomado el pelo con una película prometedora, hasta con cierta fuerza, pero que echa por la borda todas las expectativas creadas.
Nunca me han gustado demasiado los fanboys. Ser fan de algo me parece que puede derivar en una pérdida de objetividad al inclinarnos hacia... bueno, el fanatismo. Me gusta el gore, el anime, la ciencia ficción... pero no me considero fan de ninguno de los géneros. Al menos no de la manera tradicional. Por eso no deja de parecerme curioso cuando aparecen películas como esta que comentamos hoy, las reacciones desmedidas de algunas personas. Leía un comentario de uno que la recomendaba como un producto recomendado para los aficionados al cine "extremo" de Asia. No entiendo qué significará eso, a no ser que sea del extremo de Asia (¿Japón?), porque si The City of Violence es cine extremo, me pregunto qué pensará este sujeto de algo como Guinea Pig. A su vez, el tipo hablaba mal de Tarantino, citándolo como plagiador, y recomendando las bondades de las películas de venganza asiáticas, diciendo que esas eran las originales y el trabajo del norteamericano sólo una mala copia. No voy aquí a discutir sobre si el cine oriental es original y puro (que no lo es), ni si el de Tarantino es sólo una mala copia (que tampoco lo es), pero me pareció curioso ver que esas palabras se mencionaban a propósito de una película que desde su trailer deja claro la influencia tarantiniana. Subjetividad de un fanboy, como dije.
The City of Violence, a pesar de las loas proferidas por distintas publicaciones (entre ellas Maxim, lo que me hace dudar de qué puede significar eso proviniendo de una revista "para machos" aparte de que está llena de peleas), no es sino un ejercicio vacío de acción y coreografía, y no particularmente novedoso, para acabar de ajustar. La historia es una especie de cruce entre películas de amistad infantil que cruza hacia la adultez, cuando ya todos han cambiado y a nostalgia se mezcla con lo amargo del presente, y las de... peleas. Pero los personajes están tan estrereotipados que es difícil sentir algo por ellos, sin creer que estamos ante una pieza bidimensional. Todo parece calculado para ofrecer un espectáculo gratuito para mentes perezosas. Desde las facilonas reacciones de los personajes, hasta las creativas coreografías marciales. En este sentido vale la pena resaltar lo absurdo de proponer una pelea entre el protagonista y varias bandas de adolescentes caracterizados a la The Warriors. Incluso hay una banda de beisbolistas con la cara pintada. Pero no, estos personajes salen de la nada, y una vez vencidos, no volveremos a saber de ellos. A eso añadamos el hecho de que conocemos casi desde el principio la identidad del protagonista, y como resultado tendremos una película sin suspenso que avanza con predictibilidad hacia su apoteósico final. En teoría, porque este no deja de parecer una promesa a medio cumplir.
Las películas de venganza, las buenas, nos hacen sentir las contradicciones de tal acto, la lucha de quien ejecuta ese plan, no contra sus enemigos, sino contra su propia consciencia, o en otros casos, nos hacen disfrutar de la tenacidad dispuesta contra su oposición física. Aquí no tenemos sino una película que cumple con los requisitos de un guión que parece construido como una hilera de fichas de dominó: caen lógicamente, pero siempre sabemos hacia dónde va. Y así sea una película asiática, no por ello significa que es mejor que una occidental, así sea tan llena de samples y remixes como Kill Bill.
Me gusta la comida italiana (¿a quién no?); desayunar con granola, jugo de mora y mantequilla de maní; amo el cine, sobre todo el que me emociona (¡el cine de género!); las niñas con gafas; las chaquetas y las bufandas, y por tanto el clima frío; no me gustan las aceitunas ni el vino, y soy vegetariano. ¿Algo más?